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El dato curioso de estas sillas radica en su procedencia, ya que formaban parte de las sillas de los palcos del teatro Arriaga, poseyendo, de hecho, una pequeña placa identificativa realizada por la Diputación Foral para constatar su origen. A nivel de conservación, las piezas dejaban ver su extendido uso y las consecutivas intervenciones a las que se vieron sometidas, repintes, rebarnizados, escuadras, golpes y desgastes, chicles de público aburrido y poco civilizado, etc.
La gruesa capa de barniz teñido superficial ocultaba una fuerte selladora blanca sobre otra capa de barniz teñido. Cuando se consiguió eliminar todas estas capas, la madera |
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original, había absorbido parte de los tintes del barniz, y se encontraba teñida de una coloración rosácea que le daban a las sillas un aspecto un poco innoble. Finalmente se optó por decolorar las piezas, y aplicar un tinte de color más acorde, que mantenía el aspecto original de la pieza, si bien le restaba la pesadez de las capas de barniz aplicadas a lo largo de su historia; el acabado final fue, por supuesto, con goma laca. Obviamente, en algunas de las ocasiones fue necesario despiezar las sillas y encolarlas correctamente para paliar los movimientos estructurales; en otras ocasiones sin embargo, las escuadras sólo estaban puestas de manera preventiva.
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